Maryanne siempre se había considerado un espíritu libre al que nunca le gustó hacer las cosas por que sí, dar explicaciones de sus hechos y palabras y, sobretodo, el control. Fue por eso que un día decidió dejarlo todo atrás e irse a aquella reserva donde conoció a Chigliak. Después de tanto tiempo teniendo una vida planificada día a día, se había acostumbrado a que nada saliera mal. Y se había cansado de tanta conformidad. Quería dejar de sentirse atada, y no se refería al dinero, al trabajo ni al teléfono móvil, sino a algo que había en su interior y no dejaba de incordiar: el miedo. El miedo a pasarse toda la vida igual, a hacer siempre las mismas cosas, que los días fueran como las fotocopias que hacía cada mañana en la oficina. Ella quería romper una de esas fotocopias, coger un papel en blanco y escribirlo. Empezar desde cero.
Pero como siempre pasa cuando algo nuevo empieza, también se tiene miedo. Le costó un tiempo tomar la decisión, dale que te dale a pensar, pero al final de mucho esfuerzo, consiguió establecerse allí y empezar una vida nueva. En Pie Con El Puño En Alto, más conocida como Chigliak, era la jefa de la tribu, y aun sin conocer a Maryanne, la aceptó en seguida. Vio en ella una alma pura, limpia, pero perdida, y se puso como meta ayudarla a encontrar su propia meta en la vida.
- La vida es fea porque vivimos en un mundo en el que la avaricia, la insensibilidad y la pobreza de espíritu están cada vez más presentes en el alma del hombre. Pero si quieres, puede ser bonita. Hay que buscar una emoción, un sentimiento. La felicidad sólo se consigue si uno se lo propone, y a pesar de las cosas malas, se puede ser feliz.
Maryanne, sentada en otra piedra, la escuchaba mientras jugaba con las plumas de la trenza de su cabello.
- Sigue tus sentimientos, y aunque hagas lo erróneo, en realidad habrás hecho lo correcto. Todo puede salir bien.
Habiendo concluído esta frase, Chigliak pegó un brinco subiendo a su caballo, dio la vuelta y puso rumbo de vuelta al asentamiento. El pelo, mezclado con el viento, el trote del caballo y el sol del atardecer, dibujaba unas ondas doradas que se perdían con el infinito de aquel paisaje. Maryanne, pensativa, no se movió de la piedra. Aquella piedra guardaba muchos de los secretos que compartían, momentos en los que se necesitaba llorar, reir, o simplemente no decirse nada. Aquel acababa de ser otro de esos momentos.
- A partir de ahora, no voy a tener miedo a que la vida sea bonita.
Sabes que siempre he escrito cuando estoy triste y desganada, que sepas que me has inspirado tú, y además, poniéndole motivación a las cosas. Eso es una buena señal para empezar, ¿no? Gracias. D2
Hace 14 años
