- Algo ocurre en mi cerebro. Y aunque me siento ridícula, lloro.
- Tranquila, es tan saludable disfrutar de las emociones como disfrutar de la mermelada - me contestó.
- No sé qué ha pasado...
- Todos hemos pasado muchas noches agitadas en la cama dándole vueltas a algún problema personal o amor conflictivo. Surgen imágenes que luego desaparecen. Se desarrollan escenas, reaparecen fragmentos de conversación sin saber de dónde, se disuelven, vuelven a repetirse. Te envuelve una ola de ira, después de compasión, después de desesperación. Luego la racionalidad se impone un momento y resuelves hacer esto o lo otro. Y así sigue el debate mientras las agujas del reloj avanzan de las tres a las cuatro. En tu cabeza se está celebrando una junta de comité.
Mientras me secaba las lágrimas con una servilleta, sopesaba sus palabras y analizaba el efecto tranquilizador que me producían. Miré a aquella desconocida que me hablaba como si me conociera de toda la vida. Le di un sorbo al café mientras me sonreía plácidamente.
Era una tarde lluviosa, típica de Londres, y aunque ya me había acostumbrado a este clima, hoy era un día en el que me sentía realmente extraña, esos en los que te levantas pensativa y algo agitada. Hacía un par de meses que Kylian se había marchado a Francia por cuestiones de trabajo, y aún tardaría tres meses más en volver. Lo único que me queda de él aquí es su foto en la nevera y una nota: "Sous la lumière en plein et dans l'ombre en silence, si tu cherches un abris inaccessible, dis toi qu'il n'est pas loin, et qu'on y brille à ton étoile, à ton étoile... Sé que es tu canción preferida. Pensaré todos los días en tí. Y te llamaré. Je t'aime, Silvia. Ton étoile, K."
Pocas veces ha llamado. Supongo que debe estar ocupado. Contínuamente me pregunto qué estará haciendo, si de vez en cuando piensa en mí. No soy muy celosa en esto de las relaciones personales, pero he de reconocer que a veces... A veces me he llegado a preguntar si realmente me sigue queriendo, si todas sus palabras son verdad. Si se debe estar viendo con otra persona... aunque eso prefiero apartarlo de mi cabeza.
Por otra parte, Éline, compañera de piso y hermana de Kylian, no para por casa. Sus estudios de filología, su trabajo a media jornada en la tienda de libros de la calle 4... Y aun así saca tiempo para estar con Nick. Pero nunca están en casa.
A veces el silencio que reina en el piso se hace tan grande que no lo puedo soportar.
Y hoy, más que nunca, el silencio se me comió. Decidí darme una ducha y salir a la calle a despejarme. Caía una buena tormenta y hacía mucho viento, pero no me importaba, necesitaba desprenderme de ese pegajoso silencio de mi piel. Tenía intención de ir al parque, pero no sé por qué cogí el camino contrario, y empecé a caminar sin un rumbo establecido. A veces está bien hacer cosas fuera de lo convencional. Me metí en un café que hacía esquina que no había visto nunca y que me pareció acogedor, y tomé asiento en el fondo del local, en una mesa libre que había al lado del gran ventanal desde el cual se podía ver toda la avenida. Estuve un rato allí, sentada, removiendo la taza de café caliente sin ganas, mirando como el líquido marron daba vueltas y vueltas formando un remolino. Levanté la vista y a través del cristal vi a una mujer que, cruzando la calle, se le rompió el paraguas, y refugiándose de la lluvia, entró en el bar.
- Uf, vaya una está cayendo.
- Ni que lo diga, un día de estos se inundará la ciudad. ¿Qué le pongo?
- Un té con leche
- Enseguida.
La mujer se sentó dos mesas más allá de la mía, deshaciéndose de su abrigo y su paraguas roto, para después peinarse unos mechones de pelo que el viento había descolocado.
Yo, la observaba sin pensar nada. Giré la cabeza y volví la vista hacia el exterior del ventanal, con la mente en blanco, mirando las grises calles de la ciudad durante un rato. Y todavía no sé por qué, ni cómo, volví a pensar en Kylian, en los últimos días que le vi y en los últimos momentos que compartimos. Sabía que no iban a ser los últimos, o al menos eso esperaba, pero algo me empujó a recordarlos. Sus ojos verdes y abiertos, su fino pelo que tanto me gustaba tocar, sus manos y sus largos dedos que tanto me gustaba que me tocasen la piel... Soñé despierta un rato más, y volví a pensar en ese sentimiento de soledad que me rodeaba. En el acto, sentí que un par de lágrimas asomaban por mis mejillas, y me di cuenta de que la mujer me miraba. Intentaba esquivarle la mirada, pero seguía clavándome los ojos. Después de haber gastado mi último pañuelo, se levantó de su mesa y se sentó junto a mí, dejando su té con leche aún humeante encima de la madera oscura. La mujer me miraba, pero de repente, me di cuenta de que no sentía ningún tipo de vergüenza ni necesidad de esconderme. Miré bien su cara y me transmitía confianza, y sus ojos, tranquilidad. Tenía la sensación de que me comprendía, sin saber su nombre, sin haber dicho ni una palabra. Pasado un rato, decidí dar el primer paso:
- Algo ocurre en mi cerebro. Y aunque me siento ridícula, lloro....
Me escuchó, la escuché, nos compenetramos mutuamente, y aunque era la primera vez que nos veíamos, nos entendimos. Supongo que es cuestión de que entre mujeres nos entendemos, porque ella tenía unos años más que yo y eso le daba experiencia, o porque aquella mujer sentía la necesidad de ayudarme, de ser una madre o una amiga. Después, una vez se me hubo pasado el disgusto, continuamos hablando de todo y de nada, de cosas importantes y no tan relevantes, pero que para nosotras sí que tenían sentido.
- Tonterías lo son todo en esta vida. Es cuestión de perspectiva.
Y una vez hubo concluído la conversación, nos miramos a los ojos, me deseó suerte en la vida, me sonrió tiernamente por última vez, y se marchó. Consiguió que mis preocupaciones volaran de mi cabeza durante todo el día. Aunque tenía la certeza de que no la volvería a ver, sabía que ambas no olvidaríamos aquella tarde, que la magia de aquel momento permanecería grabado en los archivos de nuestra memoria.
Que los encuentros casuales, a veces, son los que más te marcan.
Hace 14 años
